No quisiera que le pasara a nadie.

El año pasado estaba yo sentada en un humilde CETPRO del cercado del Callao, durante una capacitación para facilitadores del PRONAMA (Programa nacional que enseña a adultos a leer y escribir). Entonces la supervisora de la región Callao nos cuenta la historia de una exalumna del programa que compartió su experiencia de vida, una experiencia dolorosa. Hace unos 55 años se casó con un galán de su pueblo, un vaquero, tuvieron su primer bebé que era su alegría. Pero un día el esposo se despidió para ir a arrear ganado, y haciendo su trabajo murió. Ella se fue a vivir a la casa de su madre y su padrastro. Entonces de tan solo 16 años, con un bebé pequeño, tenía que cuidar de sus medio hermanos también pequeños, pero solo recibía sobras para comer. El bebé estaba muy mal alimentado y enfermó. Desesperada, acudió al centro médico para pedir ayuda. El doctor le dijo que su bebé estaba muy mal e iba a morir. La pobre mujer suplicó al médico que haga todo lo posible. Él le preguntó si tenía dinero, ella contestó que no, pero que quería que su bebé viviera. El doctor entonces llevó a un lado al bebé, sacó unos papeles y le dijo “si quieres que tu bebé se salve, tienes que poner tus huellas aquí, y yo te voy a ayudar”. Como no sabía leer ni escribir, y al estar  tan desesperada, obedeció, sin saber que haciéndolo estaba entregando a su hijo en adopción.

Efectivamente el bebé se curó y vivió, pero no le dejaban verlo más. Al pedir ayuda a su familia estos se negaron a apoyarla, y por todo favor solo la enviaron a Lima. Ella sin embargo iba vez tras vez a su pueblo, al mismo centro médico, a buscar al doctor aquel que por salvar a su hijo se lo arrebató. Nadie le daba cuenta de nada, al parecer el doctor ya no estaba en ese pueblo y era inubicable. Así pasaron muchos años. Ya de edad avanzada, ella no perdía las esperanzas de volver a ver a su hijo. En uno de esos viajes, una persona de buen corazón le dijo a ella que si quería ver a su hijo, solo tenía que esperar en la puerta del hoy hospital del pueblo, y le aseguro que al ver a un doctor saliendo con un auto azul, ella podría estar segura de estar viendo a su ya adulto hijo.

Con la esperanza de verlo, ella espero… y efectivamente salió un doctor con un auto azul, un adulto confiado y agraciado, y vió ella en él a su difunto marido. Ella se desesperó, se emocionó, quizo acercarse, corrió y se puso frente del auto con lágrimas en los ojos, gritando; el doctor salió de su auto y le preguntó que le pasaba, pero tantos nervios tenía ella que solo pudo atinar a decirle “tu eres mi hjo, y yo soy tu madre”, pero en quechua… él no la entendía, y la apartó suavemente del camino y dijo “pobre mujer, parece que esta demente”, y se fue raudo.

Ella dice ahora “cómo decirle a un hombre profesional que va y viene del extranjero, que yo una analfabeta, soy su verdadera madre, que por mi ignorancia lo perdí. Pero ahora gracias a este programa he aprendido a leer y escribir, y quiero que este programa continúe beneficiando a más personas, porque lo que yo viví, no quisiera que le pasara  a nadie”.

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